El fin de semana pasado se celebró en Segovia el Hay Festival, un evento literario al que nosotras no pudimos asistir, pero Mario tuvo la suerte de poder hacerlo y nos regala su crónica. Gracias. Y gracias también a las personas que nos han brindado sus fotos para incluirlas en la entrada. (La imagen destacada de la entrada es de Javier Salcedo)

 

El sábado pasado a estas horas aún no sabía que acabaría cenando un cochinillo en Cándido, debajo del archiconocido acueducto, con dos ponentes de altura del Hay Festival Segovia 2015. Estoy seguro de que ellos tampoco eran conscientes de que disfrutarían hablando conmigo de sus equipos de fútbol favoritos, o que el hijo de uno de ellos se enamoraría (y no sin razón) de la mujer a la que yo acompañaba. Y, sin embargo, podría decir sin temor a equivocarme, que fue este uno de los mejores momentos de mi asistencia al festival o, al menos, uno de los que recuerdo con más cariño y pasión. El aire de cotidianeidad e improvisación que acompañó esta agradable cena es más que adecuado para definir el carácter ecléctico y aparentemente desenfadado que rodea a este encuentro de artistas, escritores, creadores y pensadores en general.

Como en cualquier evento cultural de esta índole que se precie, la multiplicidad y contemporaneidad de ponencias hace que sea totalmente imposible asistir a todas. Las diferentes charlas, proyecciones y lecturas se solapan en el tiempo, pero en diferentes partes de la ciudad, normalmente alojadas en edificios antiguos y con historia, lo que da a cada acto un matiz entre señorial y romántico. Uno debe elegir dónde acudir y qué perderse, por lo que se podría llegar a la conclusión de que ha habido tantos festivales como asistentes, porque nadie ha visto lo mismo que otra persona. La elección, sin embargo, no es fácil, y no sólo debido a la calidad de los ponentes o a las cuestas con que nos reta la antigua ciudad romana. Decidir dónde acudir se convierte, debido a ese matiz improvisado que baña todas las conversaciones a las que asistí, en casi un acto de fe. Uno sabe quién, o quiénes, estarán sosteniendo el micrófono, pero nunca puede llegar a adivinar lo interesante, inspiradora o plana (en el peor de los casos) que puede llegar a ser la charla por la que decidió apostar.

Por supuesto, hay ciertas apuestas sobre seguro, dependiendo de lo que a uno le interese, claro. Escuchar a Iñaki Gabilondo, aunque sea hablando de vinos, es siempre interesante. Oír cualquier anécdota de Afganistán de la boca de Gervasio Sánchez ayuda a hacerse una idea de la realidad actual del país mucho mejor que viendo un documental o leyendo un libro sobre el tema. Presenciar a Graham Sheffield hablando distendido sobre la difusión de la cultura y la lengua británicas dan unas ganas inmediatas de leer a Hamlet (aunque él mismo intente separar estos dos conceptos, Shakespeare y el British Council, en la mente de sus oyentes). No obstante, también hay sorpresas, por fortuna, y como su propia definición indica, uno nunca sabe dónde aparecerán o qué forma tendrán.

Es una sorpresa escuchar a Ángel Lertxundi hablando del amor a su lengua materna, en la que escribe, como si estuviese narrando la historia de la novia de la infancia con la que aún convive. Es una sorpresa presenciar como Fernando León de Aranoa da una versión del cooperante internacional totalmente diferente a la que reflejan los medios (excepto su película), habla de su experiencia personal y la gente del público se lo agradece en el turno de preguntas. Es una sorpresa descubrir que Emmanuel Carrere, además de gran escritor, es una persona calmada y afable con un campo energético propio que atrae de alguna manera, sin saber por qué. Y es más que una agradable sorpresa sentir cómo se tensa el cuerpo oyendo los poemas de Benjamín Prado sobre la guitarra acompañante de Marwan. Son pequeñas buenas noticias, detalles que impresionan y se quedan dando vueltas en la mente días después de volver a casa.

Dice en su página web oficial que el “Hay Festival inspira, imagina y entretiene”. Y no le falta razón. Da gusto cuando alguien, o algo, ofrece lo que promete y cumple con su palabra. Es imposible aburrirse en Segovia durante los días que dura el Festival, pues a las charlas hay que sumarle las exposiciones, proyecciones y demás eventos culturales que se dan lugar en la ciudad. El Hay Festival entretiene. Las conversaciones entre mentes creativas y geniales, los temas tratados, la manera de abordarlos y, a veces, la mera presencia escénica de estas personas, nos hace reflexionar, pararnos y pensar, plantearnos nuestra propia existencia, nuestra creatividad, nuestra posibilidad de ser otra cosa, algo más, quizás hasta un puntito mejor. Sin duda, el Hay Festival inspira. Y si estar rodeado de escritores, periodistas, cronistas, pensadores, productores, directores, poetas, cantantes… que viven, sueñan y respiran la palabra y la imagen, si eso no nos hace imaginarnos un mundo un poquito mejor, ¿qué puede hacerlo? El Hay Festival imagina, sueña, garabatea un mundo donde la cultura tiene una importancia tal que se convierte en el centro del Universo (o al menos de Segovia, que no es poco) durante unos días.

El Hay Festival Segovia 2015, con su cotidianeidad y su distensión, con su aparente falta de nexo común o de hilo conductor, con su caos ordenado, aporta más de lo que uno podría esperar. Y no sólo porque el tamaño y el carácter de la ciudad te permiten una cercanía inusual con los asistentes, hasta el punto de acabar cenando con ellos. Este Festival transforma porque te permite la posibilidad de entrar en contacto con la intimidad de los ponentes y la tuya propia, te ofrece revisitar tus creencias, tus estructuras mentales y, sin que te des casi cuenta, llevarte mucho más contigo de lo que habrías podido imaginar antes de llegar. Espero que podamos rumiarlo y disfrutarlo, al menos, hasta la edición del año que viene.

 

Mario Bamba

 

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La fotografía es de Pablo Martín.